Suicidio en la adolescencia

La problemática del suicidio tiene importante incidencia entre los jóvenes, observándose a la vez una disminución en la edad de los sujetos para las tentativas de suicidio. El suicidio es una de las causas de muerte más frecuente a nivel mundial, con especial incidencia entre la población adolescente.

Según datos estadísticos de la OMS se estima que 1100 personas se suicidan cada día. En Europa y América del Norte el suicidio figura entre las 5 y 10 principales causas de muerte. En el Uruguay, según las últimas mediciones, se estima en 1,49 suicidios consumados por día y entre 10 y 15 intentos diarios de auto eliminación. El acontecimiento del suicidio y el parasuicidio adquiere características particulares en la etapa de la adolescencia y por extensión se mantienen durante el período que llamamos primera juventud. Este período lo establecemos entre los diecisiete y los veintidós años. La adolescencia proporciona perfiles particulares para la construcción de ecuaciones conductuales de riesgo suicida, quizás como ninguna otra etapa en la vida de la persona. La conjugación de una corta experiencia de vida, la presión social que los empuja a crecer, poniéndole cada vez más responsabilidades a su paso, sumado al temor ante sus propias capacidades y la generación de una imagen ante sus pares, establecen un amplio menú de variables que pueden facilitar el acontecimiento suicida.

Muchas veces la inseguridad que siente en el seno familiar, se conjuga con la inseguridad en su propia persona, la que, al ir generando nuevas pautas de vida, no le otorgan garantías de éxito o acierto, reforzando los temores hacia el rechazo y el fracaso. A estos temores, si la conflictiva familiar es grave, se le suma el miedo al abandono y la soledad. Lo que el joven crea de sí mismo, marcará la diferencia ante los problemas, desafíos y decisiones que deba afrontar, haciendo la diferencia esencial a la hora del manejo o no de ideaciones de auto eliminación. Entre los adolescentes la conclusión suicida suele tener características más de tipo impulsivas que planificadas. En la adolescencia los pensamientos relacionados al fracaso para adaptarse, los lleva conjuntamente con la despreocupación imprudente de su seguridad, a pensamientos tales como “ no sirvo para nada y para nadie”, “nunca lograré nada en esta vida porque no soy parte de ella”, “los demás no me entienden por más que haga lo que haga”, “la vida es así y nadie sirve para nada”, “todo es una porquería, así que yo no puedo ser un estúpido para que me pasen por encima”, “no hay nada que hacer, todo es así y seguirá de la misma forma porque a nadie le conviene cambiar nada”.

El mecanismo de ansiedad-miedo, los eventos estresantes donde ellos mismos se involucran, el abuso de sustancias y los cambios de estado de ánimo repentinos; la euforia que los estimula para cometer actos trasgresores, facilita la aparición de ideaciones suicidas recurrentes.

Sintomas respecto a potencial suicida

Hemos podido detectar, según estudios realizados la dificultad que jóvenes presentan para descubrir los pensamientos automáticos que surgen en ellos y la vivencia, por parte de estos de no poseer ningún tipo de control de sus emociones. Esto es causante de sentimientos de ansiedad, debido a mensajes específicos, que parecen taquigrafiados compuestos por pocas palabras y esenciales. En algunos casos la recurrencia de una sola palabra o imagen que el joven siente que entra en su cabeza, como ellos mismos manifiestan y no pueden desprenderse de ella. Estos pensamientos que el joven vive como espontáneos, entran en él de golpe, en forma impetuosa. Los jóvenes generalmente verbalizan esta sensación como localizada en el estómago, un dolor “raro”, conjuntamente con una imagen de vacío y oscuridad. El deseo, por parte del joven en ese instante es desprenderse de ese dolor, mediante algo rápido que desplace esos pensamientos perturbadores. En algunas oportunidades, cuando se les pide que visualicen la imagen, comentan que los “fantasmas”, haciendo referencia a los pensamientos automáticos; no le permiten elegir en ese momento que pensar.

Perciben este mecanismo, como alguien o algo que en forma externa a ellos dirige esos “misiles”, sin posibilidad de ser desviados. El estrés que significa la sensación reiterada de no tener control sobre este mecanismo, trae consigo la sensación de estar dominado y no tener ni deseos ni motivaciones propias. El joven desea hablar, tener un tiempo para expresarse, debido a que en ese tiempo puede lograr no sentir lo desagradable de la sensación de temor, vacío e ira. Para salir o evitar esta situación, generalmente cae en un episodio depresivo que a su vez genera nuevas sensaciones desagradables que para salir de ella, encuentra el camino del alcohol, la droga, etc. Sienten que no pueden funcionar ni solos ni acompañados. Surgen los comportamientos autodestructivos como forma de salida de este estado que vivencian de dominio. Se muestran como si no disfrutaran de nada, menos aún de las cosas sencillas. No se permiten reconocer que pueden estar equivocados en los más mínimo y son altamente autodestructivos en cuanto a cómo se juzgan a así mismo, no en una actitud “pobre de mí”, sino orientada hacia posturas de mayor auto agresividad. Existe una importante necesidad de adjudicarse culpas. Se atormentan continuamente con la vida propia, complicando los pequeños detalles y con la vida ajena siendo jueces implacables, haciendo continuas personalizaciones con tendencia narcisista auto flagelante.

No pueden estar solos consigo mismo, tratan continuamente de evitarse y de evitar cualquier acercamiento de otra persona, especialmente si existe algún tipo de lazo afectivo. Actúan muchas veces como “efecto resorte”, impulsándose frenéticamente hacia el lado contrario ante cualquier aproximación física que pueda ser interpretada como afectiva. En este momento comienza a configurarse la ideación suicida que, quizá no nueva, perteneció a su bagaje cognitivo algunas veces como juego, como una fantasía manipulativa e incluso no pocas veces como un “dicho”, “una forma de hablar”, por ejemplo frases como “me quise morir” “Si me pasa eso me muero”, “Antes de vivir tal cosa prefiero morirme”. El juego fantasioso con la muerte comienza a crecer como alternativa, participando luego en la conclusión de lo que ha dado en llamarse “la trilogía del suicida”. Las pautas que la integran son : a) la visión negativa de sí mismo, b) la visión o interpretación negativa del ambiente y c) la visión negativa del futuro.

Cuando estos tres elementos se dan conjuntamente y con intensidad, estamos ante una configuración suicida.  En la motivación del joven no aparece la intención de matarse sino fundamentalmente la de “terminar” con el problema, “me mato y termino con todo”, “desaparezco y termina todo”, etc..

Debemos estar atentos a lo que ocurre en nuestro entorno, una respuesta temprana puede ser la diferencia entre la vida y la muerte

Fuente: Suicidio en la adolescencia

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