“Cada día me levanto y voy a la guerra”: confesiones de un contrabandista

 

Son las 10 de la mañana en Artigas, y desde el puente internacional que conecta esta ciudad uruguaya con su vecina brasileña, Quaraí, se puede ver como a lo lejos un carro tirado por dos caballos cruza el río por uno de sus puntos más llanos. Las cuatro bolsas de portland, y las tres cajas de baldosas que lleva fueron compradas en Brasil y trasladadas a Uruguay, esquivando la oficina aduanera que está en el lado brasileño del puente.

Para Marcio, que lleva las riendas de ese carro, el contrabando es una forma de supervivencia. Todos los días, se levanta a las 6:30 de la mañana, alimenta a los caballos y sale con su carro desde el barrio Rampla rumbo a Quaraí. Allí se para en la plaza de la ciudad, cerca de los comercios, y espera a su clientela: otros uruguayos que compran en Brasil aprovechando los precios más bajos. “Los que hacemos el contrabando nos despertamos con algo incierto en la cabeza, nos levantamos y nos vamos a la guerra”, cuenta Marcio.

En un día bueno, este “fletero” -como él se define- cruza el río varias veces, trayendo la compra de uruguayos en Quaraí, que sin sus servicios quedaría retenida en Aduana. En los días malos, el nivel del río hace que sea imposible cruzarlo a caballo, o son detenidos por funcionarios aduaneros que les revisan la mercadería que llevan y se la incautan. Cuando eso ocurre, debe devolverle el dinero a sus clientes y como consecuencia, se queda sin comer.

Por suerte para él, esto último es menos frecuente. “A veces andan (los aduaneros), como tiene que ser, pero nosotros tenemos que sobrevivir, tenemos gastos, a veces pasas por un lado, otras veces pasas por otro y así desvías a la Aduana”, dice Marcio.

Mientras habla con El Observador, en la plaza 7 de Setiembre de Artigas, dos carros regresan desde Quaraí cargados de contrabando.

El intendente de Artigas, Pablo Caram, reconoce que detrás de “este contrabando hormiga (…) vive gran parte de las personas” que habitan en las orillas del Cuareim. “El contrabando genera trabajo, sino sería mayor desocupación”, admite.

Por su parte, el jefe de Policía de Artigas, Walter Britos, reconoció el lugar por el que pasa Marcio como uno de los puntos más conocidos del pasaje de contrabando. “La picadas son zonas del río que se pueden pasar a pie y por las que pasan carros y botes. En forma casi permanente actuamos sobre eso, pero ta, es algo cultural”, reconoce Britos.

Además de los puntos más conocidos, sobre los que cada tanto se hacen controles, existen otros que resultan inaccesibles para la Policía. Allí, escondidos entre la vegetación pasan todos los días carros cargados de contrabando.

Según dijo Britos a El Observador, en los próximos meses está previsto emplear los helicópteros adquiridos el año pasado por el Ministerio del Interior para tener tomas aéreas de la frontera, y así hacer un mapa de las distintas “picadas” a lo largo del Rio Cuareim.

Fuente: “Cada día me levanto y voy a la guerra”: confesiones de un contrabandista

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